LETIZIA ORTIZ: PATALETAS, COMENTARIOS DESAFORTUNADOS Y “PIQUITOS” SIN PASIÓN
No estoy muy segura de que una Princesa que pone en evidencia y expresa en público su ira contenida y su “pataleta”, cual princesita caprichosa, relacionada con las molestias que le ocasionan las obligaciones de su cargo, esté preparada para reinar algún día o tenga muy clara la relevancia de su posición. Y esta vez, ¡créanme!, sí que me ha sorprendido Letizia Ortiz, de medio a medio. Porque, la verdad, la creía más perspicaz por no utilizar la palabra “lista”, tras la enorme lista de sinónimos ligados a la perfección que acompañaban al “paquete” cuando nos la presentaron como “comprometida real”.
La aspirante a “consorte” no acaba de cuajar y lo cierto es que, a estas alturas -después de dos hijas, bastante más de un lustro de matrimonio principesco y de más de un “truquillo” de esos de “más sabe el diablo por viejo que por diablo” que, seguro, la Reina ha intentado enseñarle- los comentarios de calle, sean cuales sean, respecto a Letizia deberían enfocarse desde su plena aceptación por parte de toda la sociedad española como miembro indiscutible de la Familia Real; y, sin embargo, la Princesa parece seguir “en pruebas” eternamente.
Lo cierto es que el “allure” de Letizia, cada vez más altivo y soberbio, su ya patente aislamiento tanto de su propia familia política como de la sociedad, sus ademanes despectivos y su imagen -sobre todo fuera del protocolo oficial y cuando debería ser más natural, es decir, en vacaciones- no gusta; y en algunos momentos incluso repele. Y lo peor de este conflicto es que la Princesa se equivoca y tiende a escuchar únicamente a los aduladores; a esos que la reafirman en su teoría de que ser princesa es un trabajo oficial y de representación por horas que cualquier profesional podría desarrollar y que con ser populista basta. Pero se equivoca.
Se equivoca y mucho. Opino, y creo que no voy a errar en mi razonamiento, que Don Juan Carlos puede contribuir -y lo ha hecho más de una vez- al restablecimiento de las buenas relaciones con Marruecos gracias a su potestad para darle una “regañina” a Mohamed VI, hijo de Hassan II -considerado éste casi un hermano por el monarca español-; que la Reina de España ha sido la precursora, gracias a su condición de Reina y a su compromiso social, de que muchas entidades financieras se comprometan con el sistema de Microcréditos que está salvando del hambre a las comunidades más pobres de Latinoamérica; que la Reina Isabel II de Inglaterra ha sido capaz de poner orden más de una vez en el Parlamento gracias a la autoridad de la institución a la que representa o que la reina Margarita de Dinamarca es un pilar para la conciencia de soberanía del avanzado pueblo danés.
El Gotha, su Majestad el rey Don Juan Carlos I forma parte de este ilustre Almanaque como único descendiente directo de las Casas Reales de Borbón y Habsburgo, sigue teniendo una gran influencia en los agentes que verdaderamente gobiernan el mundo y -por tanto- para los adheridos, es decir, los aristócratas o plebeyos que por matrimonio acceden al Gotha, es fundamental ser aceptados plenamente tanto por los miembros del Gotha como por los grandes agentes económicos y sociales sobre los que éstos influyen por privilegio y conocimiento. Letizia -tan populista, progre y profesional- parece no entender que España necesita una Monarquía influyente que pueda beneficiar al país.
De su personaje y persona esperamos mucho más de lo que Letizia Ortiz se imagina, porque -aunque esté convencida de que el pueblo solo necesita de ella un perfil bonito en la portada de la revista Hola rodeado de dos retoños rubísimos y su fama de profesional moderna- muchos confiamos en que la Institución Monárquica debe seguir teniendo una función nacional e internacional sofisticada que beneficie a la economía, al desarrollo y al prestigio de España; y el Príncipe y ella son los herederos de esta responsabilidad. De lo contrario, ¿para qué la querríamos?. En esto debe consistir la modernización de la Monarquía. Una inversión del pueblo con retorno innegable.
Pero Letizia no opina así. Sus relaciones con el Gotha son inexistentes, sus viajes a Europa, obviando los oficiales, se limitan a sus vacaciones en Gstaad junto a su madre, la complicidad con el resto de princesas herederas europeas -a pesar de que, como ellas, son plebeyas- es nula, su imagen es cada vez más descuidada, su evidente nerviosismo en público le resta equilibrio y además se queja de que no tiene vacaciones privadas; como si una Princesa tuviera derecho a exigir privacidad más allá de sus aposentos.
Su Alteza real la Princesa Letizia no tiene derecho a quejarse por su suerte elegida -porque nadie la obligó a casarse con el Príncipe heredero de la Corona de España- y menos en público. ¿Qué pretende ella que goza de todos los privilegios exceptuando el anonimato?. ¿Acaso solidaridad en este sentido?, ¿complicidad? o ¿quizás aceptación?. ¿Recriminación?. En fin. ¡Qué imperdonable ligereza en una Princesa!. Y qué falta de estilo ir dando rebufos a golpe de melena por doquier, cual niña mimada, reivindicando “libertad”. Los más cortesanos han utilizado el “piquito” real para tapar la indiscreción de la Princesa. Un beso romántico de 40.000 euros. ¿Alguien se lo cree?.
Gema Castellano



