El caso Urdangarín: Una cuestión de actitud
Su reacción siempre es la misma cuando son “pillados con las manos en la masa”, y lejos de asumir su responsabilidad, los defraudadores y estafadores de la “cosa pública” sacan pecho desafiantes y altivos en un alarde de “!qué pasa!, ¿eh?”; chulería y soberbia, que los demás no comprendemos. Porque siempre esperamos que, una vez pillados, al menos ejerzan la dignidad y reconozcan su culpa, pidan perdón y cumplan con la justicia; pero ellos -armados hasta los dientes con la “negación de la evidencia” y sabiendo que el tiempo todo lo pasa al olvido- aguantan el tipo conscientes de que la sociedad es corta de memoria y se jactan de que sólo tienen que aguantar un simple “chaparrón” de tormenta de verano, porque, bien gestionada, su fechoría tendrá consecuencias siempre menos dolosas que materialmente beneficiosas. Es cierto que sin un consistente respaldo el asunto sería distinto. Pero a estos “delincuentes”, ya sentenciados algunos, o todavía “presuntos delincuentes”, otros, jamás les faltan apoyos. Lejos de sufrir la soledad y la vergüenza del indeseable, los corruptos se rodean de toda una legión de caros abogados, cuyo objetivo es lavar su imagen, de cortesanos oportunistas, de amigos incondicionales de su misma calaña, de hipócritas aduladores e incluso de “fans”; además de otros admiradores externos que opinan “yo también lo haría si pudiera”. Al final, se llega al convencimiento de que para esta sociedad en la que nos desenvolvemos, con valores de honestidad altamente devaluados, estos personajes son más bien un ejemplo a seguir que personas a repudiar y que despiertan más simpatías por “triunfadores” que necesidad de hacer justicia. Pero lo cierto es que “saber progresar” no tiene el mismo significado en un nivel social que en otro; y mientras el trabajo, la lucha diaria, el esfuerzo, el ahorro y la privación son las bases del progreso para el trabajador medio, en el caso del personaje “bien situado” y relacionado supone saber aprovechar las oportunidades que le ofrece el entorno. Porque desenvolviéndose en un ambiente en el que el tráfico de influencias, la información privilegiada, la obtención de concesiones o el pago de comisiones son considerados como simples “negocios” que se cierran entre amigos en lujosos yates o mansiones de postín, ¿quién es capaz de negarse por una cuestión de simple ética?. Llegados a ese punto, sólo se necesita una 'cara dura' y ambición sin precedentes -que ellos llaman “agallas”-, un máster extendido por una prestigiosa escuela de negocios, una fundación sin ánimo de lucro y un “comodín”. Iñaki Urdangarín tenía todo esto e incluso el mejor comodín: el Rey. !Qué vergüenza!. Una actitud vergonzosa que demuestra la absoluta falta de humildad, la torpeza y patanería, la prepotencia adquirida, la soberbia y el desprecio hacia las instituciones y la sociedad de este mediocre venido a más, que un día se casó con una de las hijas del Rey, se compró un máster y decidió aprender ingeniería financiera para llevarse fuera de España el dinero público de las autonomías gobernadas por corruptos.
Y no me refiero en este momento a los presuntos delitos de malversación, desvio de fondos públicos y evasión de capital a paraísos fiscales que la Fiscalía Anticorrupción le imputa -!fíjense!- y sí a la desfachatez y el cinismo con los que ha gestionado dicha imputación. También deploro la actitud vergonzosa de su mujer- la Infanta Cristina- quién debería haber tomado medidas personales afines a su naturaleza; e incluso la de la Reina fotografiándose risueña junto a su yerno; aunque a ellos nos les parezca “para tanto”. Y ésta es la gran verdad: que realmente no les parece para tanto. Inmersos en una burbuja complaciente y cómoda donde no existen las carencias de ningún tipo, la obsesión de mediocres adheridos como Iñaki Urdangarín es “demostrar” que son, al menos, iguales -sino mejores- que los de alta alcurnia por cuna. El complejo de inferioridad del jugador de balonmano lo ha llevado a “progresar” de una manera rastrera; impropia de un falso gentilhombre que escondía su cinismo bajo el halo angelical de familia modélica en las portadas de la revista Hola. No sólo sí es para tanto, sino que muchos esperamos con impaciencia poder analizar, sin ánimo de acritud, la actitud de este personaje que, presuntamente, ha intentado llevarse dinero de todos los españoles a cuentas propias de paraisos fiscales; al estilo de los niñatos herederos de países tercermundistas educados en escuelas de negocios británicas. Pero España no es un país tercermundista, aunque los casos de corrupción sean demasiados y la justica muy lenta y un tanto opaca. Instituciones como la Caixa y Telefónica -de dónde la Infanta y su esposo reciben suculentos salarios-, la propia Casa Real, la Casa del Príncipe o la mismísima Infanta Cristina no pueden permanecer callados, impasibles y al margen de esta imputación; porque, al fin y al cabo, todo es una cuestión de actitud.




